Piratas y Universales eso somos

“Piratas y universales: eso somos” Entrevista hecha por: Hernán Herrera.  El nacional 3 de agosto de 1996 tomado de: Cabrujas, José Ignacio, y Leonardo Azparren Giménez (ed). José Ignacio Cabrujas Habla Y Escribe. Tomo II ColeccióN Papiros Serie Recorridos, 2012. pp. 131-145.

“Exactamente un mes y nueve días antes de esa partida última que no logró rehusar, José Ignacio Cabrujas concedió esta entrevista, hasta hoy inédita. Concebida como una conversación sobre el tema de “identidad y cultura”, realizada en medio de las prisas y el bullicio de un ensayo teatral, Cabrujas se extendió en ella hasta dar, generosamente, lo que quizá fueron sus últimas apreciaciones sobre la realidad del país.

 HC: ¿Existe o no una “identidad del venezolano”

JIC: No, porque los venezolanos nos caracterizamos –no de ahora: de toda la vida- por ser un pueblo sin ninguna identidad. La identidad de los venezolanos es que no tenemos identidad. Y la característica de los venezolanos es que no tenemos características. Yo pienso que al contrario los venezolanos somos un pueblo inconscientemente universal, uno de los pueblos más universales del mundo. Un francés es solamente francés, pero un venezolano es de paso francés, entre tantas cosas que puede ser. Los venezolanos son idénticos, a menos que nos dé por reconocernos porque comemos arepas o cosas superfluas. Son problemas de minucia gastronómica que, si usted las analiza un poquito adentro, se dará cuanta de que tampoco son muy exclusivas nuestras ni proceden de una inventiva nuestra. Los venezolanos siempre hemos usado el mundo entero, toda la vida. Usted tiene que plantearse una cosa: que esto que nosotros llamamos el territorio de Venezuela es una cosa de hace muy poco tiempo, una cosa que comenzó políticamente en 1777. Si usted le hubiera preguntado antes de esa época a un habitante de esta zona si era venezolano, no hubiera sabido de qué le estaban hablando.

 HC: En otras palabras, no es que hemos perdido la identidad, sino que no la hemos tenido nunca. ¿Qué tan grave puede ser eso?

 JIC: No la hemos tenido, yo diría que gracias a Dios. Nunca hemos tenido identidad. Eso nos permite a nosotros ser lo que nos dé la gana de ser: no tenemos culpas en el pasado, ni tenemos nada que respetar. Eso una maravilla en un pueblo, si se sabe interpretar bien, si no se ve como una desgracia. Aquí hay gente emperrada en ver eso como una desgracia, cuando al contrario eso es una gran virtud de un pueblo; un pueblo que diga, bueno yo soy lo que me dé la gana de ser, a partir de cualquier momento.

HC: ¿Y hemos sido capaces de serlo, de ser algo, cualquier cosa? 

JIC: En momentos, lo hemos sido. En momentos, nosotros hemos hecho acciones positivas. Somos un pueblo que ha progresado como pueblo. Vamos, yo he sentido eso mi vida, ¿no?, o sea, yo soy un hombre que ya tiene edad suficiente como para poder hablar de un pasado. Y, vamos, la Venezuela de hoy es muchísimo más sensible, muchísimo más preparado que la Venezuela de hace treinta años. Eso es evidente. Que todo eso lo podamos cuestionar mucho, diciendo que eso ha sido por un mero desarrollo económico que nos cayó del cielo, el petróleo, como una cosa un poco mágica dentro de la sociedad venezolana, en esa parte es verdad, pero eso entra en las preocupaciones que yo tengo con el sentido de identidad.

 Fíjese si nosotros tenemos una crisis al respecto, y es que nosotros, que somos un país petrolero- eso es lo que nosotros somos-. Nos negamos a reconocer eso. Los venezolanos tenemos una vergüenza de la cultura petrolera. Y a nosotros nos han metido un cuento agrícola, como si ser petrolero fuera como ser pecador, y el campo es lo que regenera, porque es la riqueza hecha con el trabajo, que tú siembras una semillita y sale la matica y todo. Venezuela es un país que agrícolamente tiene potencialidad, pero no comparable a la que tiene Colombia , por ejemplo; no comparable a otros países de Suramérica. Nuestros campos no son tan fértiles como pueden ser los que tienen los chilenos, por ejemplo. Nuestra agricultura no tiene ese nivel de desarrollo.

 ¿Por qué nosotros tenemos una inmensa crisis de desarrollo? Porque nosotros no entendemos hacia qué nos desarrollamos. Porque a usted le dicen: hay que desarrollarse. Inmediatamente la pregunta que usted tiene que hacer es “¿Qué?” O sea, en qué consiste eso. Porque a lo mejor, si usted se va a vivir ahora a una selva, supongamos eso, y se queda el resto de su vida viviendo al lado de un río, a lo mejor usted se siente feliz. A lo mejor usted puede decirle a la gente, con enorme propiedad: “Yo me he desarrollado y pobrecitos los que viven en Nueva York”, por ejemplo. Yo vivo aquí mucho mejor que en Nueva York. Porque es una concepción espiritual que usted tiene del desarrollo. Usted se desarrolla en cuanto obtiene aquello que usted considera que lo hace evolucionar.

 Ahora, ¿cómo queremos desarrollarnos? ¿Cómo los gringos? Hay personas que creen que nos vamos a desarrollar porque vamos a producir automóviles, por ejemplo. A lo mejor es estúpido eso. A lo mejor no necesitamos estar produciendo automóviles. A lo mejor, como me decía un día Hans Neumann en una conversación –mira que me sorprendió eso-, a lo mejor nosotros haríamos mucho más con sembrar parchita, por ejemplo, que con construir automóviles. A lo mejor representaría eso mucho más dinero, muchas más potencialidad.

 Quiere decir que nosotros hemos instalado una concepción de desarrollo que yo personalmente ubico en la época de Betancourt. A Betancourt se le ocurrió, en un afán nacionalista, crear esa política que se llamó de sustitución de importaciones. Que en el fondo es que los Diablitos Underwood, que son un patente norteamericana se hacen aquí también. Si eso es desarrollo, yo no sé qué soy yo., entonces. Porque eso no es desarrollo.

 Desarrollo no es que usted haga diablitos Underwood, y que usted considere que ha avanzado porque ya no importa los diablitos de Estado Unidos sino que los produce aquí mismo. La pregunta que debería hacerse es si usted le parece que es una escala de desarrollo. Hay personas que sí. Hay personas que no, que consideran que comer diablitos Underwood es retroceder en una escala de desarrollo. Y que mucho más importante sería comer mango que diablitos. O más sensato, ¿no?

 Entonces, ahí está el problema: en que el modelo de desarrollo que a nosotros nos han metido, como pueblo subdesarrollado, es “comprarle la idea al amo”, o sea, al desarrollado. Es decir, nosotros seguimos siendo una cultura que imita a la metrópolis, igual que lo fuimos en la Colonia. En la Colonia imitábamos a los españoles, que eran la verdad. ¡Madrid, Sevilla!, donde esta la verdad. Ahora no imitamos a los españoles, pero imitamos a los Estados Unidos, por ejemplo. Entonces, si los Estados Unidos comen perros calientes, bueno, ¿cómo no vamos a comer hamburguesas? ¡Cómo no vamos a tener McDonald´s! Bueno, yo creo que los pueblos desarrollados le ensañan a los pueblos infradesarrollados la imitación. Como Estados Unidos en lo que está interesado es en vender McDonal´s, entonces Estados Unidos dice: “desarrollo igual a McDonald´s”. Y nosotros, como unos pendejos, bueno, McDonald´s ¿no? Y así McDonald´s se enriquece.

 La tierra prometida

 HC: De un tiempo para acá prolifera, al menos en los carros ya que no pasa en las personas, un cierto fervor “patriótico” muy sui generis, que se expresa en la fiebre de las banderitas. ¿Tendrá eso alguna validez para contrarrestar esa cultura de la imitación, par lograr un desarrollo por lo “propio” y autentico?

JIC: Eso es otra cosa postiza, porque es completamente simbólica que no obedece sino a un problema de patrioterismo. No, yo creo que desarrollo es, básicamente, un problema de confort personal. Es decir, cuando tú dices: ¿cómo quiero yo vivir? Yo no te digo pobre; no, eso puede costar millones a lo mejor. A lo mejor como tú quieres vivir cuesta cincuenta millones de dólares. El problema son tus razones, que tú me digas: yo no quiero tener 50 millones de dólares porque quiero tener esto, esto y esto, que me hace a mí feliz. Entonces, ¡bravo!, ¡dale! Es decir, allá tú, pues. Consíguelo. Haz el esfuerzo.

 El problema es que no tenemos una noción de bienestar en el país. ¿Qué es lo que nos hace ser felices? ¿Cómo nos divertimos? ¿Qué hace un venezolano cuando va a la playa un domingo? A mí me parece una cosa miserable, verdaderamente, lo que nosotros hacemos. No sabemos qué hacer. Nos divertimos haciendo unas cosas que a mi criterio son como fatigantes, más bien. Como, lejos de descansar, una cosa fatigosísima. No hay peor cosa que hacer un sancocho en la playa: es una cosa agobiante, un esfuerzo brutal, espantoso. La gente después tiene que dormir, desesperada del esfuerzo inmenso que eso conlleva. No sabemos vivir bien. No.

HC: Cada tanto tiempo, desde aquel célebre eslogan de “Compre venezolano”, se realizan en Venezuela campañas publicitarias dirigidas a exaltar lo que supuestamente es “lo nuestro” ¿Qué papel desempeñan esas campañas?

JIC: Yo pienso que, obviamente, toda sociedad tiene que recomendarle a sus habitantes que desarrollen la productividad que esa misma sociedad genera. Es importante que los venezolanos compren venezolano, eso es indiscutible. Igual que es importante que un sueco compre sueco, y un alemán compre alemán. Al venezolano poco se le dice, cuando se le refiere a eso. El venezolano tiene cosas que ama y cosas que usa porque sí, sin preguntarse. Meramente las usa imitando algo que ni siquiera él sabe que imita. Costumbre, práctica, uso. Es como nos vestimos, es como somos. Entras a una casa venezolana y a lo mejor encuentras un mueble sueco y una lámpara newyorquina y un reloj inglés… y eso es Venezuela. Siempre hemos sido eso. Y eso no debe preocupar. Eso es una maravilla, que un pueblo sea pirata, que piratee el mundo. Porque en el momento en que este pueblo encuentre esa raíz, ¡ah, esto va a ser una maravilla! Porque nosotros tenemos una gran batalla ganada, que es que a nosotros no nos sorprende nada.

HC: ¿Dónde estaría esa raíz? ¿En la capacidad de soñar el futuro?

JIC: Sí, el futuro. Porque la identidad no está en el pasado, la identidad está en el futuro. Esa es la lección que yo creo que te da Estados Unidos como pueblo. ¿Por qué Estados Unidos es un pueblo grande? Porque es un pueblo que nunca vivió en pasado. Estado Unidos fue siempre concebido por sus ocupantes como el promise land, la tierra prometida. El que llegó allí, entre 1600 y 1700, llegó, escapando de un horror, a una liberación. Y entonces dijo: vengo aquí porque aquí es la libertad, y entonces aquí yo voy a construir la vida, y qué bello es esto donde yo voy a estar.

 Y por eso Estados Unidos nunca le preguntó a nadie: de dónde vienes tú, ni quién eres tú, ni cuáles son tus costumbres. Había judíos, había polacos, había alemanes, había la tinos, había de todo. Entonces los Estados Unidos crecieron hasta que sintieron orgullo de un logro. Y entonces usted le pregunta a un gringo sobre el pasado, y puede ser que el gringo ame la música country, puede ser que recuerde esto y lo otro, pero en realidad los gringos tienen muy poca memoria de sí mismos. Y eso es fabuloso: ellos no tienen memoria porque lo que tienen es futuro.

 En cambio, en Venezuela hay quien está desesperadamente tratando de convocar a los venezolanos, como si nosotros alguna vez hubiéramos sido un gran pueblo, que de pronto perdió la brújula y perdió el norte. Eso se quiere ubicar aquí en la época de la Independencia. Se quiere decir que nosotros en la Independencia éramos una nación de titanes y de tipos… Y ese es un concepto militar, meramente. Hubo un ejercito y unas circunstancias políticas que hicieron que ese ejército llegara hasta Perú y Bolivia. Eso no hace a esos venezolanos mejores que los de hoy. No somos inferiores a lo que éramos. Somos un pueblo que ha hecho su vida: no la que deseamos , a lo mejor no la más inteligente que podíamos haber hecho, pero no nos podemos comparar con la época de Guzmán Blanco. Sería un crimen contra nosotros mismos.

 Es decir, reconozcamos que, por ejemplo el doctor Gabaldón acabó con el paludismo; oí hablar, no me tocó, pero yo oí hablar de lo que era una endemia de paludismo. Vamos, era un país feo, ¿no? En verdad, un país que dependía de un mosquito. Y eso incurable. Un país de gente chiquitica, de estatura chiquitica, macilenta. Entonces, hoy en día no somos eso. No. Yo tengo una cisión pesimista del país. Creo que hemos cometido cuanta estupidez puede cometer una nación. Y todas, las que nos faltan todavía. Pero bueno, algo ha pasado.

 Crisis de malcriadez

 HC: Se ha dicho que, con todas sus deficiencias, el llamado período democrático al menos permitió, por primera vez, que la gente dejara de matarse entre sí y se pusiera de acuerdo “para repartirse la torta”. ¿Qué pasa que ahora los venezolanos no somos capaces de ponernos de acuerdo para nada?

 JIC: Que ya no hay torta mucha que repartir, sino una torta que ahora es chiquitica. La tortica ya empezó a no dar, y hay mucho comensal y menos torta. Ahora el país se ha vuelto una empresa, una empresa difícil, por primera vez. Y esto es lo que nos tiene a nosotros consternados. Nosotros estamos viviendo una crisis de malcriadez. Somos una nación malcriada. Como el niño rico, que de repente le dicen: mira, chico, se acabó la cosa, y ahora tienes que trabajar y ponerle y hacer tu vida. Y entonces no sabe. Claro, eso no tiene que se desalentador. El niño rico puede aprender. O el exniño rico. Puede aprender. Pero lo que nos está ocurriendo a nosotros es una crisis de malcriadez. Mira la gasolina: eso es una cosa malcriada. Si un presidente, un señor viejo y veterano, como se dice del doctor Caldera, tiene que esperar año y medio para colocarle a la gasolina un precio más o menos legítimo, ¿qué es lo que nos está demostrando? En primer lugar, bueno, una altísima dosis de demagogia, una inmensa dosis de demagogia, pero a la vez una inmensísima inmadurez. ¿Por qué? Porque este es un país que no está acostumbrado a recibir malas noticias. Sino que aquí estamos en una piñata permanente. Aquí nos invitaron a una piñata desde el año cincuenta y pico. Y la piñata no ha terminado todavía. Pero la piñata ya toca su fin. Hay que volver a la casa y hay que seguir con la vida.

HC: Ese optimismo suyo ¿alcanza frente a tales condiciones para creer en la posibilidad de que, alguna vez, pueda el país ponerse de acuerdo para crear un sueño, un plan, una estrategia que lo saque del marasmo?

JIC: No, no es un sueño fácil, ni es algo que podamos liberarlo a la fantasía. Evidentemente nos va a costar mucho. Pero yo, y sin la menor demagogia digo esto: a mí no me gusta adulara a la juventud, porque me parece una idiotez; yo no admiro a los jóvenes por ser jóvenes, yo admiro a los seres humanos. Si tú eres joven y talentoso, y si hay jóvenes talentosos, me da igual, ¿no? Es decir, yo no admito que la juventud sea un estado, ni mucho menos. Sin embargo, aquí ha ocurrido un cambio que era lógico que ocurriera. Con todo lo que se ha gastado en este país, que han sido cifras que verdaderamente no caben en ninguna computadora, como diríamos de la migaja de lo que se gastó, que cayó, hay una generación de venezolanos mejor preparados con acceso a más fuentes de conocimiento, menos brutos y menos balurdos que los venezolanos anteriores, que evidentemente tienen otras maneras de vivir, de asociarse, de conversar, de entender la vida. Yo creo en eso. Y lo creo porque lo he visto.

Pero la tragedia que es que a este país lo esté gobernando un hombre como el doctor Caldera ahorita, pies eso sí es trágico para mí. Puede ser una gran desilusión que yo tengo. Porque Caldera, si hubiese sido un hombre sensato, hubiera hecho una cosa estupenda en la historia, que es haber dicho: “Denme el poder por año y medio”. Estilo Velásquez Si en lugar del viejito Velásquez hubiéramos dicho: “Doctor Caldera, usted se queda ahí año y medio, ¿qué le pedimos a usted que arregle?” La crisis institucional. Que usted apacigüe al sector militar, que se siente con los sindicatos y con los banqueros.

Caldera no tiene un plan económico porque él es demasiado altanero y demasiado poseído de sí mismo para escuchar a alguien. No oye. Él se oye a sí mismo. En materia de economía y en materia de Política Caldera se quedó, pues, donde se quedó su generación. El mundo ha pasado y Caldera no sabe lo que ha pasado en el mundo. Entonces él pretende gobernar al país diciendo: “Aquí estoy yo, y mi sola presencia arregla todo”. Eso es lo que él ha hecho toda la vida. Pero, claro, cuando el doctor Caldera tenía cuarenta o cincuenta años,. El mundo se le parecía. Pero, ahorita, ya el mundo no se le parece. Caldera no tiene la menor sensación de realidad. Ustedes se imaginan si nosotros tenemos que soportar ¡tres años y medio! Porque es inevitable que nos lleven parar atrás, para su época; no nos pueden llevar para adelante. Bueno, pues, una tragedia. Yo no le encuentro salida. Dicen que la Constituyente, pero…

Algo me ata aquí

HC: Pareciera que, más que no creer en el o los gobiernos, el venezolano no cree ya en nada. ¿Será eso lo que ahora nos identifica, el sálvese quien pueda?

JIC: Es una crisis. Estamos en el ojo del huracán, en plena crisis. Ojalá eso no nos tape la mirada. Es como cuando tú tienes en la vida una gran depresión: el mundo lo ves cerrado. A lo mejor, un rato más tarde dices: “Bueno, no era tan grave, ¿no?” Encontraste una salida. Eso que le pasa a los organismos humanos le pasa también a la mente de la sociedad. Ahora estamos nosotros en un momento altamente depresivo. Nuestras expectativas, muchas de ellas ilusorias, han sido suspendidas. Y eso en pequeñas atmósferas: cada uno tiene aquí un conflicto, que a todos nos parece vital, de acuerdo a como lo vivamos.

Yo soy un consumidor de música clásica. Toda mi vida lo he sido. Un fanático de la música clásica, de la ópera. ¿Dónde compro yo eso aquí? Ya no lo hay. Algo me afecta, ¿no? Entonces yo podría decir en este momento: yo no quiero vivir en un país donde yo no esté informado de lo que está pasando en la música clásica en Londres. Y yo tengo derecho a decir eso. No es frívolo que yo lo diga. Puesto que si eso me ha producido enorme placer, enorme satisfacción, intensas emociones en mi vida, eso es tan importante como un vaso de leche. Más todavía. Entonces, si la sociedad no me lo da y antes me lo daba, yo caigo en un estado de crisis. ¿Cómo lo puedo resolver? Con un sentimiento ético. Tiene que haberlo. Tengo que llegar a mi casa y decirme: “José Ignacio, ya no hay más, pues”. ¿Y qué le vas a hacer? ¿Me voy a Londres a vivir? No. Yo no lo haría. Algo me ata aquí, porque si no me habría ido. Yo no podría trabajar en cualquier parte de habla hispana, digamos. En España, pues. De echo me lo han propuesto muchas veces. Pero…

HC: Pero no es ese el sentimiento de las mayorías. Por primera vez, la emigración comienza a ser un anhelo colectivo.

JIC: Yo creo que Venezuela está ahorita tan mal, en un momento de tanta crisis, que el sistema político ya entró en barrena, en un proceso degenerativo muy, muy fuerte. Aquí viene un criterio de Gobierno nuevo, en poco tiempo. Usted ve fenómenos como el de Irene Sáez, y no son gratuitos. No Irene Sáez es la antípoda de lo que se podría pensar, en Venezuela que pudiera constituir una acción política, un político. Una chica bella, miss. Figúrese, veinte años atrás, que una persona con esos créditos en la vida hubiera intentado un cargo público. Cuando llegó Irene Sáez a la Alcaldía de Chacao, todos, incluso este servido en su ambiente familiar –yo nunca lo escribí-, hablaron horrores, pestes de Irene Sáez. ¡Esto es el colmo, una tipa con una carita y más nada! Bueno, pero ha hecho un gobierno efectivo. Por ahí dice la gente: “Es que tiene mucho dinero”. Bueno, sí, pero otros también tenían dinero y no hicieron el gobierno que ella hizo.

 Entonces, ¿a dónde va Venezuela ahorita? A una sensación de convertir el poder no en una “empresa histórica”. Eso es lo que nos tiene a nosotros fastidiados: el que aquí cada gobernante sienta que está protagonizando la historia. Y son eras, etapas que comienzan. Viene Lusinchi y persigue una era; Pérez, una era; hasta el pobre Herrera, una era. A lo mejor es que nosotros empezamos a descubrir que los gobernantes no tienen por qué hacer eras, sino que son unos simples señores que están ahí, a los cuales nosotros les tenemos que pedir eficacia, probidad –desde luego- y modernidad. Y no les tenemos que pedir rendiciones históricas, momentos sublimes. Esta cosa estilo Fidel Castro es la que nos apabulla.

Pero por lo menos usted ve a Fidel Castro…, caramba, es una era ¿no? Es verdad que es un hombre que le dio una voltereta a un país. No juzguemos, per es antes y después. Eso no hay duda: volteó un país. Un hombre que hizo una proeza, una figura histórica. Usted no puede explicar el siglo xx sin Fidel Castro. Usted dice: veinte personas del siglo xx Fidel Castro es una. Pero usted puede explicar perfectamente el siglo xx sin Luis Herrera Campins, es totalmente prescindible. Es decir, no creo que figure en la Enciclopedia Británica, ¿verdad? Pero el grave drama es que, cuando llega al poder, Herrera Campins se siente Fidel Castro.”

las negritas son nuestras Firma: la multitud del pueblo pirata

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s