disimulo

Venezuela 1811

Venezuela 1811

aquí hubo una revolución
y no pasó nada
se paró el comercio
se paró la industria petrolera
se pararon las colas en las gasolinerias
se paró la gente de la silla cuando Acosta Carles eructó
cantaron erúctanos otra vez

empezaron a marchar de un lado para el otro
del otro para un lado
pasaban un montón de tipas
pasaban un montón de tipos
vendían bonice pitos estampitas
pasaban banderas
pasaba gente del color al color
pasaban piedras perdigones bombas lacrimógenas
lo retrasmitían en el noticiero
pasaba otro día
se fueron de un lado a otro y tumbaron al gobierno
se montaron los de siempre así de coñazo
bajaron arrechos con la arrechera de dios mismo
y tumbaron lo que nunca estuvo parado
se empuñaron cristos
se leyó la biblia
se mentaron madres
se abrieron botellas

el petróleo se fue al cielo
la revolución se fue de viaje
somos el país más grande de este lado del Sur
bailamos el ritmo más rico del Caribe
nos dio por ser libertadores
Brasil Argentina Chile Ecuador Bolivia Uruguay Paraguay Perú Surinam
qué vaina con Colombia parce

Panamá Nicaragua Honduras El Salvador Belice México 
Cuba Haití Costa rica República Dominicana Guadalupe Trinidad y Tobago Antigua y
/Barbuda Jamaica San Vicente y las Granadinas San Cristóbal y nieves Santa Lucía
por aquí pasó Bolívar compadre

pasó

somos la historia
vamos a cambiar al mundo
vamos a coger aviones y a comprar ropa en Panamá
vamos a tirarnos un viajecito a Argentina que allá todo es más barato
vamos a raspar tarjetas en Cúcuta
vamos a importar espejitos de oro
vamos a vivir la vida grande
vamos a cotizar en la bolsa
vamos a ser la gente más feliz del mundo
se encendieron ramas se aspiraron polvos se destaparon botellas

adentro hondo profundo
nos entró la vaina
se bailó salsa cabilla en las avenidas
se repartió dinero para todo el mundo
le devolvieron la vista a los ciegos
enseñaron a leer a los nuevos videntes
se graduaron de maestros médicos abogados
las carajitas la dan más temprano
los carajitos portan bichas
se le sube la nota a la escala
suena en altoparlantes estereofónico
se ve en tres dimensiones
está en tu cabeza
lo ves mientras te suspendes en tus orgasmos
está ahí girando como un disco eterno
viene con la fuerza del odio
crece como puño entre las manos
ya casi
arrima un poquito y bochea
pasó el coñazo
pasó la arrechera
pasó la nota
pasó

Firma: La Multitud del Pueblo Pirata

La generación boba y la política paralítica: Desorden Público

En la celebración de los diez años de trayectoria de Desorden Público en el año 1998 antes de cantar “Políticos paralíticos” (canción que fue censurada por el gobierno de Jaime Lusinchi en plena campaña electoral presidencial) Horacio Blanco vocalista de la banda dijo: “esta canción fue escrita y cantada desde hace diez años. Es lamentable que aún muchas de las cosas que se dicen en ella sigan teniendo vigencia, pero es así”. Su rostro y la gestualidad de su cuerpo mostraban una verdadera molestia, era como sí literalmente se estuviese raspándo una costra adherida a la piel. Como librándose del puño que le había sacado la piedra hace diez años. Y continua: “es lamentable haber generalizado” levanta el dedo índice de la mano izquierda demuestra la rabia de un muchacho, no de esa banda que está ahí tocando frente a las cámaras, consagrada. No es el Desorden Público que se ha montado en tarimas afuera del país, que ha ganado disco de oros, que ha pegado canciones por semanas en la radio. No. Es un muchacho que se levanta y les recuerda a quienes lo ven que hace diez años estaban diciendo verdades, que sabían lo podrido que estaba el país, que le habían encontrado el truco al aparato del estado mágico todo poderoso venezolano y los callaron.

La cámara se acerca, hace un closeup. Se le ve la cara llena de eso que los venezolanos conocemos como arrechera. Se le ve con ganas de hacer sonar la guitarra con la misma rabia que genera la censura, con la misma impotencia que se crea cuando los bancos quiebran y los banqueros se van de viaje al extranjero a vivirse la vida de lo lindo. Pero, por sobre todo, hacerse sonar con la terrible marca de no haber sido tomado en cuenta porque en el país donde la juventud tanto se celebra, había que prohibir ser joven, había que reducir a nada cualquier tendencia crítica inteligente que les prendiera la cabeza a los muchachos sin hablarles del che, ni de la revolución; sino por abrirle los ojos. Hace diez años se le castraba la vida a los muchachos, continua: “pero también por ahí una vez nos dijeron a todos “generación boba”. Así que ellos también generalizaron.”. Hay que recordar quien acuñó esa frase. El autor de la noción “generación boba” es Edmundo Chirinos. La entrada de su nombre en Wikipedia dice: “fue un asesino, violador, psicópata, psiquiatra y político venezolano”; fue rector de la Universidad Central de Venezuela y entre las grandes acciones de su gestión se le recuerda por haber sido uno de los presuntos autores intelectuales de la masacre a un autobús de estudiantes de la UCV del núcleo Aragua; también fue psiquiatra de Rafael Caldera, Jaime Lusinchi y Hugo Chávez.

La cámara se acerca, la música se va acelerando y se ve mejor rabia de Horacio Blanco por haber sido doblemente aminorado durante su juventud: primero por un psicópata quien agredió intelectualmente a toda una generación de venezolanos, esos que nacieron entre 1964 y 1974 (que debe ser la generación más agredida en nuestra historia); luego por un gobierno que censura las canciones de Desorden Público. Es decir, se destruye al individuo a quien se le quita la voz y el derecho a expresarse y por otro lado los poderosos celebran la falta de voluntad de los muchachos en alzarse. El gesto de agresión es realmente asqueroso. A esta gente, a estas personas que les tocaría empezar la adultez en la peligrosa década de los noventa y alcanzar la madurez en la revolucionaria década de los dos mil los castraron de chiquitos. Les escupieron en la cara, los humillaron, los hicieron sentir tan impotentes que les podían decir bobos y bobos se quedaron. Luego de haber soltado esas palabras, de apretar los labios, de ver como los ojos le echan fuego y escuchar cómo el público (parte de la generación boba) ovaciona, dice: “¡Y no es justo!”. Y por supuesto que no lo era. Y me pregunto: ¿cuál era la opción de estos muchachos para no ser bobos? ¿Estar conectados con la alta esfera política bipartidista?, ¿Ser unos dementes que violan a sus pacientes psiquiátricos bajo los efectos de sedación profunda?, ¿seguir los alzamientos militares de una generación más viva, más avispada, más criolla?, ¿quemar cauchos en frente de los portones de las Universidades esperando la llegada del día en que las cosas cambiaran? ¿No había una oportunidad para ser original, para proponer un discurso inteligente? Al parecer les tenían mucho miedo.

El poder le teme a los que piensan, eso se sabe. Por eso, Emilio Lovera se la pasó la primera mitad de los noventa echando chistes mientras deconstruia bloque a bloque las taras que se ocultan bajo el disimulo de las instituciones gubernamentales, sociales y económicas. Porque al contrario de Desorden Público no les tiraba de frente. La comedia inteligente de Radio Rochela podía ser aceptada, más aún era necesaria para poder regodearse de lo perfecta que es la democracia. Nos enseñaba a reírnos de nuestras desgracias, a pasar el trago amargo con saliva y miel. Pero, esos muchachos armados con bajos, guitarras, metales y tambores resultaban incómodos y peligrosos. Lejos de ser bobos, les cantaban en la cara lo que eran a lo políticos: paralíticos. Los montaba en una silla de ruedas, los inmovilizaba, los sacaba del juego político demostrándoles que por muy generación del 28, por muy generación del 58, por muy padres de la democracia eso de haber actualizado el caudillismo en un esquema de toma y dame prolongado hasta la decrepitud del viejo verde que se hace zángano en medio de un chiripero y se corona presidente mientras se le cae la baba de lo viejo. Y ahí estaba diez años después, en un estudio de televisión con una camisa negra que dice “Cuba”, seguro de que el golpe cuando se devuelve duele y doblemente duele y tumba. De fondo se lee “desorden público diez años”, se ve el emblema de la banda y debajo del hombrecito con el sombrero la palabra “ska”.

Horacio abre los brazos, como abría los brazos Carlos Andrés cuando daba discursos en los que se metía en un solo abrazo a toda Venezuela y media oposición. La cámara enfoca al público que se siente representado, que ha respirado la anhelada redención y frente a los televisores en las casas de los bobos vemos las caras de esas personas que son tan parecidas a nuestras caras. Y de repente todos estamos en la televisión mientras la generación boba despertaba y nosotros crecíamos sabiendo que Venezuela no era el mejor lugar del mundo, que ya todo se había ido a la mierda. Vuelve la cámara al vocalista de brazos abiertos que sonríe como sabiendo que ganaron una pelea y termina: “Con su permiso MTC [Ministerio de Transporte y Comunicaciones] “Políticos Paralíticos” después que la prohibiste, aquí está. ¡En televisión!”. Hay que detenerse en lo fugaz del instante, en la efervescencia de la multitud que empieza a bailar alegre, y que con estilo y cara de goce ya ha olvidado lo que es esta canción. Mientras de Horacio Blanco le decía “con su permiso” a la institución que bajo la dirección de otro partido lo había censurado. Como si de sacar a bailar a una muchachita frente al papá y la mamá se tratara. Pero inmediatamente contraatacan envalentonados y guapetones porque aquí vamos con todo “en televisión” el único lugar donde las cosas pasan. Hay que destacar que le habla a la institución, no al gobierno, reconoce que el problema está en la estructura, en el aparato. De alguna manera todos somos bobos y paralíticos. La cuestión depende de quién dice “bobo” primero y quién responde construyendo un espacio sónico donde exista la posibilidad de destituir el poder de sus funciones. Toma el micrófono sostenido en el panal entre sus manos se le ve sonreír porque se han saldado las cuentas. No eran bobos y por pura cosa ese tiempo que va del 88 al 98 lo ha demostrado. Lo importante acá está en el acto de reconstitución de la fuerza política existente en la juventud, sin alabarla, sin deificarla, sólo muestra su estado de potencia que es, quizás, la única manera en cómo puede funcionar efectivamente.

II

Desorden público es, quizás, la agrupación musical venezolanas con mayor contenido político en nuestra historia democrática. Su mismo nombre es un gesto político que invita a la rebelión. En la canción “ska de acá” (1990) anuncian: “este desorden no es el único/ todo el mundo es un desorden público/ todo acá está hecho un desastre/ solo falta que nos invadan de marte” luego el ska que es de “acá y no de allá” hace que los marcianos lleguen vía Cuba citando a la Orquesta Aragón al hacer sonar al chachachá más famoso de la galaxia. “Ska de acá” concilia de cierta manera a un país que no debe preocuparse por ir de mal en peor, sino que debe aceptar de una buena vez por todas que está mal. Asíaunque sea se podría estar de acuerdo en algo y hacer del esfuerzo individual un esfuerzo común. Y es ahí donde está la potencia de esta canción. Si todos en Venezuela aceptáramos el desorden público, la generalización progresiva del caos, el desastre económico, la corrupción política institucionalizada, la marginación de la población. Si dejáramos de disimular por un rato para estar de acuerdo en que “todo está hecho un desastre” nos daríamos cuenta de que “todo el mundo es un desorden público”. Si se cree que esta canción está acusando a alguien o a un grupo específico se está equivocado. “Ska de acá” llama a la unión y la madurez de los venezolanos que ante cualquier problema les es más fácil culpar a alguien o a algo que aceptar la responsabilidad de sus actos.

III

Durante la noche del sábado 29 de noviembre Desorden Público se presentó en el Festival latinoamericano de música “Suena Caracas”. Este concierto organizado por la Alcaldía de Caracas con el apoyo del BANDES (Banco de Desarrollo Económico y Social de Venezuela) fue criticado ampliamente por la oposición venezolana al Gobierno Revolucionario como un evento suntuoso en tiempos de crisis; los adeptos al gobierno chavista, por su parte, reaccionaron ante la inclusión en el cartel de artistas opositores a la administración de Maduro como Chino y Nacho (algo tendrá esto que ver con que son cantantes de reggaetón). Desorden público tocó en la tarima de la Plaza Diego Ibarra en el centro de Caracas (escenario principal del festival), fue la última agrupación nacional en tocar antes de que subieran los invitados internacionales Cultura Profética, Aldeanos Rap y Café Tacuba. La noche del viernes publicaron en su cuenta de Facebook: “Mañana a las 5:00 PM, bien puntuales, nos presentaremos en el Festival Latinoamericano de Música #SuenaCaracas… con alma, con sentimiento, sin censura, ni autocensura, Desorden sigue en la calle! Los esperamos, Paz, Salud y Ska”. Es necesario resaltar lo que estas palabras significan en el contexto artístico cultural venezolano donde artesanos, músicos, escritores, fotógrafos, directores cinematográficos, actores, artista plásticos y visuales se han negado en varias oportunidades a participar en festivales, bienales, premios y producciones audiovisuales con participación del Estado venezolano. Ese mismo estado mágico que antes había censurado a los muchachos de Desorden Público con otros colores y otros nombres gobernando, ahora le hace la tarima para cantarle a la ciudad de locos corazones, al valle de balas, a los que lloran por un dólar, a los que el poder emborracha, para mostrar dónde va a caer la piedra esta vez.

En pleno concierto antes de comenzar la canción “todo está normal” que se dice será lanzada en el 2015 Horacio Blanco dijo: “esta canción le planta cara al tema de la corrupción, es la verdad. Y escúchenme una cosa, escúchenme una cosa. Estamos tan de acuerdo, estamos todos tan de acuerdo…”. Para quienes asistían a la transmisión del concierto por alguna de las televisoras públicas se acabó el concierto. La señal fue interrumpida. Adiós luz que te apagaste. Fue entonces, cuando la potencialidad política de la banda, ese nervio neural que le mide el ritmo cardíaco en ska a la sociedad venezolana se desplegó ante la multitud. Haciéndole honor a sus palabras “sin censura, ni autocensura”, pero para que esto pueda estar completo la transmisión en vivo por medios de comunicación del estado venezolano donde la única corrupción que existió en el país fue durante los cuarenta años de la cuarta república debía de mantener la transmisión. ¿Qué tan peligrosa puede ser una voz que difiera de la todo poderosa unidireccional voz chavista en el cuerpo de tantos “yo soy Chávez” durante un concierto televisado? Las palabras que cité tuvieron una duración de 11 segundos. Once segundos y la máquina del poder se activa para (sí se repite la historia) anular la voz de está gente que nos canta el desorden público que somos. 11 segundos montados sobre la tarima donde la máquina estatal se representa a sí misma ansiosa, armoniosa, plural, abierta. Ese es el tiempo necesario para cortarle las piernas al poder en su propia casa, para mostrarlo paralítico. ¿Cuándo fue la última vez que en la televisión se le pudo decir al gobierno sus “cuatro vainas”?, ¿Durante la primera y única mesa de diálogo entre gobierno y oposición en abril, en los diez minutos de Henrique Capriles, en ese último respiro de la MUD? Qué hubiese pasado si se transmitían 11 segundos de televisión de enfrentamientos entre la Guardia Nacional y los estudiantes de Mérida en Febrero de este mismo 2014. Eso fue hace nueve meses, una vida nace en ese tiempo. En nuestro país, en nuestra memoria eso no existe. Es importante olvidar las cosas importantes, es necesario hacernos los que no sabemos nada, seguirnos mintiendo por otro rato más de que esto no es un “desorden público”. Que la culpa de lo que tenemos por país ahora no es más que de Chávez; y que Chávez es culpa de la 4ta; y la 4ta de Pérez Jiménez; y Pérez Jiménez es culpa de los primeros intentos democráticos Adecos vía golpe a Medina; y Medina de las ganas impedir que Eleazar López Contreras se convirtiera en un Gómez; y Gómez es culpa de la incapacidad de todos los gobiernos liberales del diecinueve en cumplir sus promesas; y los liberales estaban para librarnos de los godos y todos esos Páez, Monagas, y Soublettes que se gastaron la juventud repartiendo machetazos para quitar la bandera española de los frentes de los edificios públicos; y los españoles culpa de Colón; y la máquina imperial española culpa de dios que puso en 1492 a Rodrigo Borgia en el papado, a Fernando II en la corona de España, a los moros de vuelta a África y a Nebrija en la gramática. La situación del país jamás puede ser culpa de alguien, aunque sea no de nosotros ciudadanos comunes y corrientes, vividores eternos de lo fácil, bebedores padres de familia, bailadores buenos, comedores de frituras, paridoras al por mayor, especuladores del comercio, la vida y la fe. No, esto no es culpa mía, ni tuya, ni de nadie. Por eso sacan a Desorden Público del aire. Por eso, Desorden Público es el enemigo número uno del estado mágico venezolano. Antes, mañana y siempre hay que quitarles la voz no vaya a ser que en un arranque de honestidad, como quien está acostumbrado a ver caer una gotera de una manguerita rota en el lavamanos del baño diga “si nos van a seguir robando, aunque sea cámbiennos los ladrones”. Porque no se andan cayendo a mentiras, porque han aceptado desde el principio que son estrellas del caos, hijos de este prodigioso desnalgue llamado Venezuela. Y si su música ha llegado al mundo es porque bien han sabido ser venezolanos sin pena ni vergüenza; han escapado del perverso sistema del disimulo y llaman al resto a seguirlos. Han hecho de lo venezolano un gran artefacto cultural que suena bien pegado a este lado del sur, bien puesto en esta costa del Caribe y se repite una y otra vez que es de acá y no de allá. Como diciendo así suena Venezuela. 

Firma: La Multitud del Pueblo Pirata allá cayó, allá cayó, allá cayó

Ese, nuestro, mosaico criollo: de la Billo´s y el disimulo.

Cada país tiene su repertorio musical celebratorio. El venezolano entre otras cosas integra al merengue. Especialmente ese que la Orquesta La Billos Caracas Boys desde 1940 ha ido construyendo en la memoria colectiva de la nación. Van tres oraciones y hay demasiadas cosas sobre el papel. He escrito país, venezolano, repertorio musical, memoria colectiva y nación. Es decir, la Billo´s organiza una parte fundamental de la identidad cultural venezolana. Ahora bien, cómo y de qué manera lo hace será el destino de este viaje, al mismo tiempo que intentaré demostrar cómo la Billo´s organiza un discurso que articula una voluntad de poder estructurada en el disimulo. 

La canción “Mosaico criollo” (1972) suena como un anuncio publicitario turístico a los asiduos de las rocolas del Caribe y sus diásporas en el Pacífico. “Cuando quieras tú gozar te recomiendo mi hermano que pidas para bailar merengue venezolano”. De entrada bailar, Venezuela y el goce vienen en combo. Esta pieza criolla compone en pequeños fragmentos una imagen de Venezuela, no es merengue lo que suena es una gozadera bien explicada en escenas comunes de un país que tiene más dinero que gente. Que anda a caballo y con el machete en la cintura; pero al mismo tiempo ensambla carros de la Ford y la General Motors, tiene una de las líneas aéreas más grandes de Latinoamérica y unas fuerzas armadas bien equipadas. Es, para no salirme del merengue, la flor del trabajo donde el pleno empleo se hace un decreto presidencial. Entren que caben cien y mil y los que quieran. Pida su merengue venezolano, si no puede inmigrar, aunque sea tiene la oportunidad de tomar este tour para que sepa lo que le espera.

Vamos a la primera pieza: el chalequeo, la burla, la mala saña, la deslegitimación, la republicanización. Zonas sensibles hijas del proyecto liberal de los fundadores de la nación bien halado hasta entrado en cada pueblito de la rural Venezuela de Gómez o la todo poderosa modernización urbana del Pérez con portada en la revista Times. “El cura de San Juan de Dios/ le dijo a su Monigote:/ por más que se tongonee/ siempre se te ve el bojote” acto seguido el coro repite “ahí va el bojote”. Qué sino una escena dominguera en plaza de pueblo, cuándo sino después de la salida de la misa de las once donde todo el mundo acude a verse las caras, a reafirmar las estructuras jerárquicas de la sociedad, donde los señores se sientan adelante y de ahí para atrás lo que viene es el que más cerca pueda montarse. Esta rochelita con el bojote de alguien es donde la comunidad se encuentra, el chisme de boca en boca que el pueblo repite tiene una estructura bien ordenada. La voz de Dios es la voz del pueblo. El cura es quien empieza este desmadre a partir del defecto de uno de sus feligreses. Ahí está la gente ordenadita siguiendo la palabra. En Venezuela, amigo que está gozando este merenguito, hay una fuerte represión conservadurista, porque conservadora es otra cosa. En Venezuela donde todos están juntos por pecadores, porque a los hombres se les marca el bojote cuando ven pasar a la hija de alguien que está apretadita y bien buenota, acá donde las ganas reverberan y los virgos de las muchachitas se cuidan como reliquia de familia, desear está prohibido. Aunque el primero que ha visto a la muchacha quizás sea el mismo cura y antes de que le vean la erección a él, mejor señalar a otro. Bienvenido a la nación del yo no fui.

Vamos a otra escena. “Préstame tu máquina para yo coser/ yo no tengo máquina/ se me hecho a perder” esta pieza es de Aldemaro Romero el padre del disimulo en la música venezolana. Y usted se preguntará ¿qué es disimulo? El disimulo es la forma cómo, por ejemplo, la música popular venezolana exhibe sus peores taras con orgullo al mismo tiempo que dice “yo no fui”. Es el Cura de San Juan de Dios que está caliente y antes de aceptarlo señala al primer hombre que tenga en frente. El disimulo es la sustracción del sujeto femenino “Doña Isabel” del mosaico de la Billo´s que aparece en la versión de Aldemaro. Aquí se va a la casa de la Doña a pedir prestada la máquina de coser. Entonces uno se pregunta: ¿de quién es la máquina? Al eliminar a la mujer de la canción se hace evidente que la mujer ha sido sustituida por la máquina y esto se redujo a una conversación entre hombres. Quizás, la noche del sábado antes de la misa en el botiquín del pueblo la Doña Isabel andaba de boca en boca porque alguien se le está metiendo a la casa. Lo más seguro es que a eso de golpe de once de la noche cuando la gente está prendida con los rones, el anís o el miche alguien se le acercó al dueño de la máquina a pedirla prestada en tono de burla. Y adiós luz que te apagaste. No hay mucho que decir. Habrán golpes, botellas partidas, tiros, rajadas de cabeza a machetazo limpio. Y en la familia de alguien se recordará “al tío fulano de tal” que lo mataron en una pelea de borrachos. La canción rápido salta, sería mejor decir, olvida el episodio como todo el pueblo habrá de olvidar estas cosas y suelta un “esto si está rico compaí”. ¿Quién dijo que la fiesta se acaba por esto? Aquí no ha pasado nada. El luto es para los pendejos a quiénes se les ve el bojote. No extrañaría pensar que el hombre que se le metió a la Doña Isabel fue quien gritó “esto si está rico compaí” celebrando otra de las hazañas de la venezolanidad: la de ser un vividor.

 Vamos a otra escena. “El sancocho de pata es lo que me gusta/ pero es más sabroso/ si le ponen yuca/ la yuca es sabrosa compuesta con mojo/ por eso la gente la come a su antojo”. La yuca. Acá el repertorio de metáforas venezolanas para nombrar el pene está al descubierto. A estas alturas de la parranda no hace falta ocultarlo, ya se ha visto suficiente. Es hora de decir las cosas por su nombre, ya sabemos que nuestras relaciones están constituidas por lazos homosociales y nuestros chistes están llenos de homoerotismo. Está de más decir que si el deseo heterosexual es vigilado, el deseo homosexual y los sujetos homosexuales deben ser expuestos al vituperio con nombre y apellido. En este caso con decir la procedencia familiar basta. Esto es un pueblo y como es sabido “en pueblo chiquito, infierno grande”. Por lo tanto, nosotros, señores del pueblo de San Juan, nosotros gente merenguera de Venezuela, le decimos a ustedes que piden música venezolana que aquí mariconadas no aceptamos. La diferencia entra como “el antojo”, se celebra libre, todos tienen derecho de elegir, sí. Aunque, inmediatamente el vocalista nos dice: “pero para gozá es el baile de la yuca”. El coro que siempre habla desde el eco de las voces de la gente, ese murmullo del boca a boca que hace y deshace las dinámicas sociales de la comunidad responde “que le gusta más”. Y vuelve la voz líder. Porque alguien, seguramente el más macho, el del machete en la cintura, el cura, el que le cogió la máquina a Doña Isabel, nos dice que “a los hijos de Doña Luca” les encanta la yuca. ¿Qué gente tan retorcidamente perversa es esta que celebra los cuerpos defectuosos del pueblo; y se regodea haciendo sufrir al otro mostrándose libre de culpa? Ese gesto aprendido en la escuela primaria ante la célebre pregunta de la maestra: ¿cuál es la capital de Delta Amacuro? Acto seguido un compañerito valiente levantaba la mano y respondía mal. Porque a los ocho años nadie sabe que la capital del Estado Delta Amacuro, que es algo así como un archipiélago fluvial, es Tucupita. Porque allá lo que hay es indios viviendo como decía el poeta cubano bajo esa “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Entonces, a ese muchachito le caía todo el salón encima diciéndole bruto, burro y por supuesto indio. Aunque nadie en ese salón sabía la respuesta a la pregunta. Cerrando esta escena se repite muchas veces “merengue venezolano” para que no se le olvide a quien baila de lo que se está hablando, como diciendo: así somos. Y esto es “música venezolana”, es decir, una escena de nuestro día a día. Esta repetición es el sello de calidad. Para que no quede duda que lo dicho es cierto se exclama “puro sabor”, porque está jodedera no se acaba nunca. Siempre y cuando no sea yo quien caiga en desgracia. Ese “puro sabor” pone en contexto la leve fragilidad de las circunstancias, la holgada materia de las relaciones interpersonales que configuran la sociedad. Este país el del “quítame esta paja del hombro” cuando se está en las buenas y se pueden pedir favores, o el del “todos tienen rabo e paja” cuando el crédito está sobregirado, la soga al cuello y la gotera tumbó el techo de la casa. Nos dice que todos estamos mal. Y por eso hay que buscar inmediatamente al próximo cuerpo a ser expuesto. A la nueva victima de mi legitimo yo no fui.

 Terminando el viaje: ¿Cómo nombrar el sexo femenino?   “el manguito de hilacha/ el manguito de bocado/ se le quita la concha/ y se come pelado”. Al diente el mango se ofrece como ofrenda donde la pulpa quedará entre la comisuras. Morder un mango es meterse sus pelos entre los dientes, inundarse los bigotes de sus jugos amarillos, es un desborde tropical donde no existe la contención. Acá es donde el viaje termina, cuando esos tantos a quienes se les nota el bojote, porque han logrado sonsacar a una muchacha o metérsele a una Doña a coserla, salen del orden. Desde la primera pieza del mosaico se ha previsto cómo el deseo atraviesa la organización social de este pueblo. Pero, esto que todos hacen, que todos quieren, nadie se atreve a nombrarlo sino para señalar el error. Este país, este merengue, que nos habla de sexo desde el principio hasta el final de lo único que parece no hablar es de sexo. Lo disimula. Pone en escena al país que nombra. Ese monstruo reventando petróleo en cualquier pedazo de tierra, ese país orgulloso por cada metro cúbico de hormigón donde se asienta, eso, todo eso no es más que un pueblito donde la gente se la pasa interrumpiéndose la vida y castrándose las ganas de vivirla. De qué más puede hablar un mosaico criollo, sino de todo eso que somos, sin decirlo, haciéndose el yo no fui. Porque la canción en sí misma no es objeto de censura, sino quien la pide, ese a quien invita a bailarla, el que la mete en su cuerpo y la hace.

 De pedazos, en escenas vemos cómo el disimulo se monta, cómo se arma. Lo que está sonando es el proceso de la formación de la nación. Venezuela está hecha de venezolanos. Y los merengues nos hablan de lo que hacen los venezolanos. Qué cosa más simple. Y es así, como celebramos nuestras fechas rituales más importantes. Es en este repertorio donde ningún venezolano de la Venezuela que hecha palante y puja hasta que se le salen las tripas, los huesos y los sesos, dejaría de reconocerse. Por si queda duda del orgullo que esto produce la canción cierra exclamando “vaya qué ricura” y me hace recordar otra que empieza preguntando “¿a quién no le va a gustar…?” hacer todas estas cosas sin ser descubierto. Porque vivir, sentir, desear, tener metas que salen del orden ridículo impuesto por el disimulo, la institución más poderosa venezolana, debe ser castigado. Así vivimos, así de triste es nuestra historia, así de mojigata es nuestra cultura, así de corruptas son nuestras familias. Aunque, para rematar, la canción expire con un grito ¿orgásmico? que no sabría cómo citar en letras, pero que podría verbalizar diciendo algo así como: qué vaina más rica coño. Porque yo también soy venezolano y la lengua a veces no me da para nombrar las cosas más comunes.

Firma: la multitud del pueblo pirata.