estudios sónicos

Ese, nuestro, mosaico criollo: de la Billo´s y el disimulo.

Cada país tiene su repertorio musical celebratorio. El venezolano entre otras cosas integra al merengue. Especialmente ese que la Orquesta La Billos Caracas Boys desde 1940 ha ido construyendo en la memoria colectiva de la nación. Van tres oraciones y hay demasiadas cosas sobre el papel. He escrito país, venezolano, repertorio musical, memoria colectiva y nación. Es decir, la Billo´s organiza una parte fundamental de la identidad cultural venezolana. Ahora bien, cómo y de qué manera lo hace será el destino de este viaje, al mismo tiempo que intentaré demostrar cómo la Billo´s organiza un discurso que articula una voluntad de poder estructurada en el disimulo. 

La canción “Mosaico criollo” (1972) suena como un anuncio publicitario turístico a los asiduos de las rocolas del Caribe y sus diásporas en el Pacífico. “Cuando quieras tú gozar te recomiendo mi hermano que pidas para bailar merengue venezolano”. De entrada bailar, Venezuela y el goce vienen en combo. Esta pieza criolla compone en pequeños fragmentos una imagen de Venezuela, no es merengue lo que suena es una gozadera bien explicada en escenas comunes de un país que tiene más dinero que gente. Que anda a caballo y con el machete en la cintura; pero al mismo tiempo ensambla carros de la Ford y la General Motors, tiene una de las líneas aéreas más grandes de Latinoamérica y unas fuerzas armadas bien equipadas. Es, para no salirme del merengue, la flor del trabajo donde el pleno empleo se hace un decreto presidencial. Entren que caben cien y mil y los que quieran. Pida su merengue venezolano, si no puede inmigrar, aunque sea tiene la oportunidad de tomar este tour para que sepa lo que le espera.

Vamos a la primera pieza: el chalequeo, la burla, la mala saña, la deslegitimación, la republicanización. Zonas sensibles hijas del proyecto liberal de los fundadores de la nación bien halado hasta entrado en cada pueblito de la rural Venezuela de Gómez o la todo poderosa modernización urbana del Pérez con portada en la revista Times. “El cura de San Juan de Dios/ le dijo a su Monigote:/ por más que se tongonee/ siempre se te ve el bojote” acto seguido el coro repite “ahí va el bojote”. Qué sino una escena dominguera en plaza de pueblo, cuándo sino después de la salida de la misa de las once donde todo el mundo acude a verse las caras, a reafirmar las estructuras jerárquicas de la sociedad, donde los señores se sientan adelante y de ahí para atrás lo que viene es el que más cerca pueda montarse. Esta rochelita con el bojote de alguien es donde la comunidad se encuentra, el chisme de boca en boca que el pueblo repite tiene una estructura bien ordenada. La voz de Dios es la voz del pueblo. El cura es quien empieza este desmadre a partir del defecto de uno de sus feligreses. Ahí está la gente ordenadita siguiendo la palabra. En Venezuela, amigo que está gozando este merenguito, hay una fuerte represión conservadurista, porque conservadora es otra cosa. En Venezuela donde todos están juntos por pecadores, porque a los hombres se les marca el bojote cuando ven pasar a la hija de alguien que está apretadita y bien buenota, acá donde las ganas reverberan y los virgos de las muchachitas se cuidan como reliquia de familia, desear está prohibido. Aunque el primero que ha visto a la muchacha quizás sea el mismo cura y antes de que le vean la erección a él, mejor señalar a otro. Bienvenido a la nación del yo no fui.

Vamos a otra escena. “Préstame tu máquina para yo coser/ yo no tengo máquina/ se me hecho a perder” esta pieza es de Aldemaro Romero el padre del disimulo en la música venezolana. Y usted se preguntará ¿qué es disimulo? El disimulo es la forma cómo, por ejemplo, la música popular venezolana exhibe sus peores taras con orgullo al mismo tiempo que dice “yo no fui”. Es el Cura de San Juan de Dios que está caliente y antes de aceptarlo señala al primer hombre que tenga en frente. El disimulo es la sustracción del sujeto femenino “Doña Isabel” del mosaico de la Billo´s que aparece en la versión de Aldemaro. Aquí se va a la casa de la Doña a pedir prestada la máquina de coser. Entonces uno se pregunta: ¿de quién es la máquina? Al eliminar a la mujer de la canción se hace evidente que la mujer ha sido sustituida por la máquina y esto se redujo a una conversación entre hombres. Quizás, la noche del sábado antes de la misa en el botiquín del pueblo la Doña Isabel andaba de boca en boca porque alguien se le está metiendo a la casa. Lo más seguro es que a eso de golpe de once de la noche cuando la gente está prendida con los rones, el anís o el miche alguien se le acercó al dueño de la máquina a pedirla prestada en tono de burla. Y adiós luz que te apagaste. No hay mucho que decir. Habrán golpes, botellas partidas, tiros, rajadas de cabeza a machetazo limpio. Y en la familia de alguien se recordará “al tío fulano de tal” que lo mataron en una pelea de borrachos. La canción rápido salta, sería mejor decir, olvida el episodio como todo el pueblo habrá de olvidar estas cosas y suelta un “esto si está rico compaí”. ¿Quién dijo que la fiesta se acaba por esto? Aquí no ha pasado nada. El luto es para los pendejos a quiénes se les ve el bojote. No extrañaría pensar que el hombre que se le metió a la Doña Isabel fue quien gritó “esto si está rico compaí” celebrando otra de las hazañas de la venezolanidad: la de ser un vividor.

 Vamos a otra escena. “El sancocho de pata es lo que me gusta/ pero es más sabroso/ si le ponen yuca/ la yuca es sabrosa compuesta con mojo/ por eso la gente la come a su antojo”. La yuca. Acá el repertorio de metáforas venezolanas para nombrar el pene está al descubierto. A estas alturas de la parranda no hace falta ocultarlo, ya se ha visto suficiente. Es hora de decir las cosas por su nombre, ya sabemos que nuestras relaciones están constituidas por lazos homosociales y nuestros chistes están llenos de homoerotismo. Está de más decir que si el deseo heterosexual es vigilado, el deseo homosexual y los sujetos homosexuales deben ser expuestos al vituperio con nombre y apellido. En este caso con decir la procedencia familiar basta. Esto es un pueblo y como es sabido “en pueblo chiquito, infierno grande”. Por lo tanto, nosotros, señores del pueblo de San Juan, nosotros gente merenguera de Venezuela, le decimos a ustedes que piden música venezolana que aquí mariconadas no aceptamos. La diferencia entra como “el antojo”, se celebra libre, todos tienen derecho de elegir, sí. Aunque, inmediatamente el vocalista nos dice: “pero para gozá es el baile de la yuca”. El coro que siempre habla desde el eco de las voces de la gente, ese murmullo del boca a boca que hace y deshace las dinámicas sociales de la comunidad responde “que le gusta más”. Y vuelve la voz líder. Porque alguien, seguramente el más macho, el del machete en la cintura, el cura, el que le cogió la máquina a Doña Isabel, nos dice que “a los hijos de Doña Luca” les encanta la yuca. ¿Qué gente tan retorcidamente perversa es esta que celebra los cuerpos defectuosos del pueblo; y se regodea haciendo sufrir al otro mostrándose libre de culpa? Ese gesto aprendido en la escuela primaria ante la célebre pregunta de la maestra: ¿cuál es la capital de Delta Amacuro? Acto seguido un compañerito valiente levantaba la mano y respondía mal. Porque a los ocho años nadie sabe que la capital del Estado Delta Amacuro, que es algo así como un archipiélago fluvial, es Tucupita. Porque allá lo que hay es indios viviendo como decía el poeta cubano bajo esa “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Entonces, a ese muchachito le caía todo el salón encima diciéndole bruto, burro y por supuesto indio. Aunque nadie en ese salón sabía la respuesta a la pregunta. Cerrando esta escena se repite muchas veces “merengue venezolano” para que no se le olvide a quien baila de lo que se está hablando, como diciendo: así somos. Y esto es “música venezolana”, es decir, una escena de nuestro día a día. Esta repetición es el sello de calidad. Para que no quede duda que lo dicho es cierto se exclama “puro sabor”, porque está jodedera no se acaba nunca. Siempre y cuando no sea yo quien caiga en desgracia. Ese “puro sabor” pone en contexto la leve fragilidad de las circunstancias, la holgada materia de las relaciones interpersonales que configuran la sociedad. Este país el del “quítame esta paja del hombro” cuando se está en las buenas y se pueden pedir favores, o el del “todos tienen rabo e paja” cuando el crédito está sobregirado, la soga al cuello y la gotera tumbó el techo de la casa. Nos dice que todos estamos mal. Y por eso hay que buscar inmediatamente al próximo cuerpo a ser expuesto. A la nueva victima de mi legitimo yo no fui.

 Terminando el viaje: ¿Cómo nombrar el sexo femenino?   “el manguito de hilacha/ el manguito de bocado/ se le quita la concha/ y se come pelado”. Al diente el mango se ofrece como ofrenda donde la pulpa quedará entre la comisuras. Morder un mango es meterse sus pelos entre los dientes, inundarse los bigotes de sus jugos amarillos, es un desborde tropical donde no existe la contención. Acá es donde el viaje termina, cuando esos tantos a quienes se les nota el bojote, porque han logrado sonsacar a una muchacha o metérsele a una Doña a coserla, salen del orden. Desde la primera pieza del mosaico se ha previsto cómo el deseo atraviesa la organización social de este pueblo. Pero, esto que todos hacen, que todos quieren, nadie se atreve a nombrarlo sino para señalar el error. Este país, este merengue, que nos habla de sexo desde el principio hasta el final de lo único que parece no hablar es de sexo. Lo disimula. Pone en escena al país que nombra. Ese monstruo reventando petróleo en cualquier pedazo de tierra, ese país orgulloso por cada metro cúbico de hormigón donde se asienta, eso, todo eso no es más que un pueblito donde la gente se la pasa interrumpiéndose la vida y castrándose las ganas de vivirla. De qué más puede hablar un mosaico criollo, sino de todo eso que somos, sin decirlo, haciéndose el yo no fui. Porque la canción en sí misma no es objeto de censura, sino quien la pide, ese a quien invita a bailarla, el que la mete en su cuerpo y la hace.

 De pedazos, en escenas vemos cómo el disimulo se monta, cómo se arma. Lo que está sonando es el proceso de la formación de la nación. Venezuela está hecha de venezolanos. Y los merengues nos hablan de lo que hacen los venezolanos. Qué cosa más simple. Y es así, como celebramos nuestras fechas rituales más importantes. Es en este repertorio donde ningún venezolano de la Venezuela que hecha palante y puja hasta que se le salen las tripas, los huesos y los sesos, dejaría de reconocerse. Por si queda duda del orgullo que esto produce la canción cierra exclamando “vaya qué ricura” y me hace recordar otra que empieza preguntando “¿a quién no le va a gustar…?” hacer todas estas cosas sin ser descubierto. Porque vivir, sentir, desear, tener metas que salen del orden ridículo impuesto por el disimulo, la institución más poderosa venezolana, debe ser castigado. Así vivimos, así de triste es nuestra historia, así de mojigata es nuestra cultura, así de corruptas son nuestras familias. Aunque, para rematar, la canción expire con un grito ¿orgásmico? que no sabría cómo citar en letras, pero que podría verbalizar diciendo algo así como: qué vaina más rica coño. Porque yo también soy venezolano y la lengua a veces no me da para nombrar las cosas más comunes.

Firma: la multitud del pueblo pirata.

 

 

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